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Una dieta sin vino

  • Redacción
  • 2010-11-01 00:00:00

Ismael Díaz Yubero, un sabio, Premio Nacional de Gatronomía, asegura con ironía que la famosa dieta mediterránea sin vino “es mucho más dieta y... menos mediterránea”. Nosotros añadiríamos que, además, es un castigo divino, una condena, un aburrimiento mortal. El vino, considerado desde el año 2003 como un alimento por la Ley del Vino, algo que ya sabíamos los españoles desde muchos siglos antes, ha servido de aporte de calorías cuando escaseaban otros alimentos en los años de hambruna, se utilizó como remedio al agua contaminada, formó parte como ingrediente insustituible en la cocina tradicional y no pocas veces sirvió de postre espartano empapando y enriqueciendo de aroma y sabor el mendrugo de pan en las mesas de los pobres. Nuestra literatura, pintura, escultura y cualquier otra manifestación artística no se entendería si hiciésemos desaparecer el vino de nuestra historia. España emplea 1,16 millones de hectáreas para el cultivo de la vid, de las que más del 97% se dedican a la producción de vino, lo que la coloca en el primer puesto del mundo en superficie de viñedo cultivada. Su importancia económica es vital para la fijación de la población en el medio rural: da trabajo prácticamente al 6% de los empleados en la industria agroalimentaria, un sector que supone el 1% del Producto Interior Bruto español. Y sin embargo... ... Y sin embargo hay quien se empeña en que el consumo de vino siga estancado, dejando campo abierto a la introducción en nuestras mesas de todo tipo de bebidas ajenas a nuestras costumbres, y que llegan a suplantarlo peligrosamente en la composición de nuestra dieta. En este número de Vinum (página 40) damos cuenta del esfuerzo de una empresa jerezana por estar presente en el ocio juvenil como una opción más de la noche de copas. Porque el consumo de vino apenas progresará si la industria vitivinícola no hace un mayor esfuerzo didáctico para incorporarse al consumo placentero y responsable a las futuras generaciones. A veces tenemos la impresión de que el enemigo está dentro, que el desprecio al consumidor, al actual y al por venir, comienza en la propia industria, que debería desplegar todos los mecanismos de seducción que ofrece el márketing en lugar de entregarse a prácticas de venta suicidas. En tiempos de crisis, bien es cierto, hay que dar salida a los excedentes, pero no de cualquier manera ni a cualquier precio. A los consumidores no nos tiembla el pulso cuando vaciamos por el fregadero el vino malo o mal conservado, decisión que debería tener su justa correspondencia en las bodegas que lo elaboran. Si el mejor servicio de propaganda para ganar un cliente nuevo es un buen trago, bien servido, a la temperatura exacta, en compañía de los manjares de nuestra rica y saludable dieta, las bodegas no deberían poner alegremente en peligro su nombre, tan penosamente trabajado tras una labor de años. En las grandes superficies podemos encontrar ya vinos por debajo de un euro. ¿Se trata de un milagro, de una porquería, de un atentado al buen gusto, o simplemente de un disparate? ¿Qué respeto pueden esperar del consumidor las marcas que degradan sus vinos al precio que debería costar tan sólo un buen corcho? ¿Qué ocasión perdida para seducir a nuevos consumidores puede suponer ese vino oxidado, muerto, picado, maltratado, comprado a precio de saldo y servido en los mastodónticos salones de bodas, procedentes de restos imbebibles, mal conservados y peor servidos?

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