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Lo pequeño se hace grande

  • Redacción
  • 2006-12-01 00:00:00

Últimamente están proliferando los vinos microscópicos, elaborados en muy pequeñas cantidades, que no suelen superar las 5.000 botellas, pero a precios más ajustados que los antiguos “vinos de garaje”. Para algunos, tal vez estos vinos de ensueño sean preciosas miniaturas, poco representativas a fuer de minoritarias. Para los entendidos son sencillamente algunos de los mejores vinos españoles. La prueba del nueve con la que, definitivamente, se demuestra la inmensa calidad de nuestra viticultura y enología. Se trata de vinos fundamentalmente tintos, orgullosos de su cuerpo carnoso y mórbido, de su color oscuro profundo que atrapa la luz y regala un destello rubí gestado en el tiempo. Paleta cromática que pinta paisajes entonados de rojo picota en Rioja, granate de fuego en Yecla, bermellón sangrante y denso en Ribera del Duero, rubor sanguíneo con vocación de tinta china en Toro, de rojura tentada por el negro en Priorato... Es la apoteosis de los taninos maduros y frutosos, la contundencia sápida de los polifenoles. Son los tintos de autor que comienzan a proliferar según se descubren o recuperan nuestros mejores clones de las variedades tradicionales, se respeta el terruño, se elabora para la grandeza y se cría con amplitud de miras. Un viaje en el tiempo que reconoce el pasado para diseñar el futuro. Una continua evolución superadora. Tintos en los que la madera besa la flor y acaricia la fruta, para crear con los minerales atmósferas mágicas. Tintos carnosos, casi masticables, pero que tratan el paladar con guante de seda y hacen vibrar la nariz con ondas aromáticas de especias, humo y mineral. Tintos donde el roble aporta su “sfumatura” de tostados. Algunos son obra de jóvenes enólogos pero ya viejos conocidos, que marcan el rumbo desde hace un lustro. No son fáciles, ni rinden su plenitud y elegancia al primer sorbo, sobre todo si tenemos el gusto anclado en el pasado. Pero ahí están, con la modestia de su cantidad y la soberbia de su calidad. Mostrando lo que este país puede hacer a lo grande, desde la pequeñez de sus mil y un terruños. Ya no son sólo patrimonio de pequeños viticultores, de bodeguitas familiares con el tesoro de una vieja viña. Las grandes bodegas, con millones de botellas en el mercado, también han sucumbido al poderoso influjo de lo pequeño, cuando es inmensamente grande.

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