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El Miño, un río con mucho arte

  • Redacción
  • 2007-11-01 00:00:00

Se ríe el Miño de las cuestiones fronterizas, y tanto le da la orilla derecha como la izquierda. En ambas vitaliza la viña con su aliento húmedo. Que aunque albariño se escriba con "b" o con "v", según se mire, narra la misma historia, que es la historia del Camino y de sus ríos, todo hijos del padre Miño. Sobre todo el Sil, que aun tiene pepitas de oro en las entrañas arenosas de su lecho. Aunque ahora el oro es vino y todo lo que genera. Por ejemplo, viñedos y balnearios de las tierras ourensanas. Agua y vino, ambos omnipresentes en las tierras gallegas, donde puede tomar forma de nube, de lluvia, de orballo, hacerse fantasmal en las nieblas, infantil en los arroyos, virginal en las fuentes donde beben las hadas. Y vino. “Quen proba repete” (quien prueba repite), afirman con orgullo los viticultores de Cambados, el corazón sentido del Albariño, nuestro mejor y más prestigioso varietal blanco. Los inmensos vinos de Galicia están imponiendo su prodigiosa frutosidad, el encanto de sus elegantes y aromáticos varietales, la frescura y el equilibrio de su estructura. Menos conocido y más trascendente es que, desde hace unos años, el viejo sueño de gastrónomos, de viajeros con brújula enológica, de contadores de experiencias báquicas ancestrales, se ha convertido en una espléndida realidad: se selecciona la uva, se reduce la producción pese a la demanda de uva, se busca la expresión de cada territorio, y los vinos del Miño y sus hijos, cuyo mayor peligro estriba en la desmesura, como si la bendición climática, la maravilla de sus mil y una colinas, llevara aparejado el castigo de la ignorancia, se estilizan y ganan elegancia al tiempo que una mejor evolución en la botella, liberados de los aromas simplones o acerbos. Son fruto del esfuerzo y la dedicación de una raza de viticultores que asumen el riesgo. Pero no sólo Galicia y el norte hermanado de Portugal. En El Bierzo, el Sil se hace leonés y bizarro para patrocinar la prosperidad vitivinícola. Aquí están descubriendo las bondades del viñedo viejo, pero sano, de la singular Mencía, con producciones pequeñas de uvas maravillosamente complejas cuando clima y cosecha lo favorecen. ¿Qué sería de nuestro paisaje vitivinícola sin ellas?

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