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Tiempo de espera

  • Redacción
  • 2009-10-01 00:00:00

Posiblemente el estilo de vida va unido a la evolución de la gastronomía, o al estilo de beber. Tal vez la memoria sea demasiado selectiva y de vez en cuando nos juegue malas pasadas, pero creo recordar que hasta hace cuatro días, las bodegas guardaban sus mejores vinos en lo más profundo de sus botelleros, hasta que decidían que ya estaba en su punto de que lo disfrutara la fiel clientela. Y es posible que ahora, con el trepidante ritmo que llevamos, no dispongamos del tiempo suficiente para prestarle al vino la atención que merece. Quizás por ello en los últimos tiempos las bodegas no se toman la molestia de reservarlos en sus acondicionadas arcas y los tomamos demasiado crudos, con el camino de su vida a medio recorrer, sin darles tiempo para ensanchar y amplificar todo su espíritu y su complejo buqué. En la Ribera del Duero se elaboran sin duda vinos de esos capaces de evolucionar no ya más de diez años, sino más de treinta, y ofrecernos, tan frescos, ese complejo, sabio e insuperable buqué de los grandes. Llevados por nuestros recuerdos, nos hemos propuesto una cata especial: traer a nuestras páginas vinos ribereños que se pueden guardar una década y que los elaboradores nos digan el porqué, qué virtudes encierran sus vinos para que estén mejor transcurrida esa pausa que en estos momentos. Sus opiniones las incluimos en nuestras catas. Algunos han enviado páginas enteras sobre su vino, otros apenas una línea, los más ni han comunicado su parecer, porque lo suyo es hacer vino, no escribir. Pero sus vinos nos han deleitado en esta emocionante cata. Todos los riberas que aquí es exponen poseen suficientes aptitudes para ser guardados y desarrollar en la botella esos mil matices aromáticos, ese paso de boca fino y elegante, incluso ese distinguido color rubí, testigo de su sabiduría. Esta cata nos revela que ahora, cuando mejor se elaboran los vinos en España, cuando mejores maderas se usan, cuando la selección de los racimos se hace exageradamente exhaustiva, incurrimos en el pecado de la impaciencia, no se dispone del aguante (o de las condiciones) suficiente para esperarlo unos cuantos años y disfrutarlo con su edad justa. Dentro de diez años repetiremos la experiencia.

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