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Un año para soñar

  • Redacción
  • 1997-01-01 00:00:00

Cuando el vino es gloria hoy y paraíso mañana, la añada se anuncia excelente, las botellas aparecen, tras su oscura y silenciosa crianza, con un mensaje que confirma la opinión del experto, y al gozo inmediato de la cata se une el anuncio de placeres futuros, tal vez prohibidos por la escasez y el precio, entonces el calendario enológico se viste de fiesta.
Es lo que ocurre con la añada del 94 en Ribera de Duero, y tal vez en Rioja, Priorato y otras zonas vitivinícolas de España donde el clima, tan regular la mayoría de las veces, poco propicio a los sobresaltos, se europeíza y convierte el ciclo biológico de la vid en una lucha inmisericorde contra los elementos. Porque nuestro país, que rara vez sufre de mala cosecha, goza casi siempre de regular o buena, y muchas de muy buena, y conoce la excelencia sólo con la dificultad, como en los mejores viñedos del mundo.
Y es que en el vino, como en tantas cosas, la máxima calidad no se aviene con la cantidad. Así que, el filo cortante de las heladas en Abril, las lluvias inoportunas a principios de Junio, y el calor sofocante a la hora de la colecta se han unido para que la viña, agotada en el esfuerzo de supervivencia, ofrezca poca uva pero, como la auténtica poesía, cargada de futuro.
Ya asombraron por su aroma, color, cuerpo y equilibrio, los jóvenes del 94. Sobre aquella experiencia se levantó la actual esperanza. Y hemos confirmado, en una cata rigurosa y exhaustiva de los crianzas de Ribera de Duero, las mejores expectativas, aunque no para todos. Porque eso es lo que hace excepcional a una cosecha: a la dureza meteorológica se une la dificultad en la elaboración, que pone a prueba al bodeguero. Ante un grano cálido y pleno de potencialidades, debe olvidarse de las rutinas y salvar con su pericia y buena técnica, los escollos, como antes hiciera el viticultor. Esa es la grandeza de la enología.

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