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Cuestión de rito

  • Redacción
  • 2002-01-01 00:00:00

Hay vinos que se forjan a sí mismos en su aventura social, bebida que trasciende sus virtudes o cualidades enológicas para devenir símbolo de una forma de ser, una forma de beber, una alegre manera de no ser. Vinos envidiables, procaces, provocadores, rebelión plebeya del granel que se hace un hueco entre los vinos de etiqueta; un rojo y temible burlón con vocación de mito. Así beaujolais, el tinto con mayor capacidad de convocatoria, borgoñón por adscripción legal, lionés de cuna, universal por elección. Hubo quien pretendió que la gastronómica e industriosa ciudad de Lyon estaba regada por tres ríos: el Rhône, el Saône y el beaujolais. Así fue: sólo los lioneses bebían este vino joven de pasto, con sabor a melocotón, elaborado por el método espontáneo y artesanal de la maceración carbónica y que, servido en “potes” de 45 cl., dio popularidad y prestigio a las tabernas de Fourvières. Hasta que, tras la Segunda Guerra Mundial, llegó a París donde fue acogido con parejo entusiasmo al dispensado a las tropas liberadoras, encabezadas por tanquistas españoles. Una locura comenzó a recorrer el mundo.
El beaujolais se ha convertido, con lo años, en el modelo de una particular concepción del marketing exitoso. Desde luego, el fenómeno se las trae: lo que desde siempre fuera un vino local, tan fácil de beber como poco valorado, ha terminado por convertirse en uno de los productos más rentables de la enología mundial. Un tinto del año que apenas tendría mayor repercusión en el mercado por sí mismo, al que se espera cada 15 de Noviembre como una bendición. Y desde luego lo es para los viticultores de Beaujolais, que en sus 15.000 ha. sólo pueden producir un vinillo de apenas 10 grados de alcohol, salvo que lo chaptalicen. Pero, eso sí, embellecido por el rito y alimentado por la sed de gregarismo que parece acompañar siempre a toda fiesta báquica.
Mientras, desde hace siglos, nuestros cosecheros alaveses elaboran un tinto magistral, pletórico de aromas, intenso, con cuerpo y grado, que apenas si se cotiza a la mitad que su primo gabacho. Vinos, todo hay que decirlo, donde la ignorancia muchas veces llenaba de tufos y suciedad lo que es, bien elaborado, un tinto joven insuperable. Como lo son, y cada vez más, los otros tintos de maceración carbónica que hoy se elaboran en Toro, de la mano del imprescindible Fariña, en Jumilla, por obra de Agapito Rico, en Yecla, con el pundonoroso Castaño. Para todos ellos ha llegado la hora de la reivindicación, de la fiesta, del reconocimiento. Desde luego, nosotros vamos a contribuir a ello.

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