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Burdeos y su región siempre merecen un viaje

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  • Redacción
  • 2015-09-03 18:01:15

Burdeos es un color, un vino, una ciudad, una región y, con ello, todo un universo que se ha ido convirtiendo en un popular destino turístico.
Texto: Barbara Schroeder

Si bien hasta finales del siglo XIX Burdeos había sido una de las ciudades más importantes de Francia y una especie de polo opuesto de París, después de la Segunda Guerra Mundial la capital del suroeste cayó en el silencio. Metrópolis como Lille, Marsella, Lyon, Montpellier e incluso Toulouse le disputaban el rango. Las magníficas fachadas y construcciones del XVIII se cubrieron de un sucio y triste gris, en la canícula la ciudad quedaba desierta, porque sus habitantes estaban descansando en el campo, y el tráfico era un puro caos pestilente y ruidoso. La ciudad atraía a pocos turistas, y eso únicamente si llovía y los turistas playeros tenían que contentarse con una batida por las tiendas de baratillo. En el Médoc, por ejemplo, ni siquiera había infraestructuras turísticas y en Saint-Émilion, tan sólo un hotel decente. Y más o menos lo mismo en el resto de la región. Cuando llegué por primera vez a Burdeos en 1985, en toda la ciudad no había más que un lugar donde comer al aire libre y los restaurantes de categoría escaseaban. Pero todo esto ha cambiado radicalmente, en gran parte gracias a Alain Juppé, que fue elegido alcalde en el año 1995 y reelegido triunfalmente en 2014, en la primera vuelta y con más de un 60 por ciento de los votos. Hoy Burdeos es una capital activa, alegre y juvenil, en la que el bullicio de la gente es permanente durante los doce meses del año, las fachadas están restauradas, el tráfico mejor organizado con carriles bici y tranvías, hay lugares sombreados, bares de moda y gastronomía de vanguardia, boutiques creativas y calles comerciales siempre limpias. Desde 1998 es Patrimonio de la Humanidad de la UNESCO, al igual que la región vinícola de Saint-Émilion (desde 1999) y las impresionantes fortificaciones de Vauban con la Ciudadela de Blaye (desde 2008). El renacimiento de la ciudad de Burdeos, una Bella Durmiente ascendida a rutilante Miss Mundo, ha influido en toda la región; el vino, que en su día fue la única verdadera atracción de la región, ya sólo es un argumento líquido adicional para justificar una visita.

 

Burdeos, la ciudad

Claro que solo la ciudad merece una visita. Burdeos posee uno de los centros urbanos históricos mejor conservados del siglo XVIII. Con frecuencia se ruedan allí películas históricas ambientadas en París. Desde el Pont Chaban Delmas, una impresionante arquitectura nueva que enlaza desde hace poco las dos orillas del Garona y también es transitable a pie, se puede disfrutar de una estupenda vista sobre la ciudad y su frente de fachadas recién restauradas formando una media luna a lo largo del río. Y desde allí, paseando por los muelles, se pueden recorrer los cerca de tres kilómetros que lo separan del puente más antiguo de la ciudad, el Pont Napoléon (también llamado Pont de Pierre) de 1824. El recorrido pasa por el Quai des Chartrons, el viejo barrio de los comerciantes de vinos, la Bolsa Marítima, la Place des Quinquonces donde antaño se erguía la fortificación del gobernador, la Bolsa propiamente dicha, testigo de la antigua riqueza de esta ciudad comercial, con su fuente en la plaza y el fascinante espejo de agua, que atrae en igual medida a niños y fotógrafos, la Porte de la Monnaie, una de las puertas de la ciudad que se han conservado, para invitar luego a explorar el centro de la ciudad entrando por el Boulevard Victor: el barrio multicultural de Saint-Michel, con su espectacular rastro de fin de semana a cielo abierto; el Marché des Capucins, el antiguo mercado de abastos de la ciudad, en el que actualmente compran los gourmets bordeleses; la zona comercial peatonal de la Rue Saint-Catherina; Pey Berland, con su catedral, torre de la iglesia, ayuntamiento y museo de arte, hasta llegar al triángulo dorado de la ciudad, Gambetta-Tourny-Chapon Rouge, con sus tiendas de lujo y los comercios de vino más importantes, el teatro municipal, la sede del Consejo del Vino… y aún no habremos visto más que una parte de las maravillas que hoy ofrece Burdeos.

 

Libourne y Saint-Émilion

Incluso Libourne, siempre un tanto a la sombra de la metrópoli, se ha convertido en una pequeña ciudad digna de visitar, aunque los turistas hagan mal uso de ella como simple trampolín hacia las famosísimas denominaciones de Pomerol y Saint-Émilion, siendo esta última el destino turístico más importante de todo este departamento francés: allí las tiendas de vinos y los restaurantes ya son legión. Pero también los alrededores son interesantes. Su clasificación como Patrimonio de la Humanidad ha motivado también a localidades más pequeñas a esmerarse en su aspecto. A quienes dispongan de algo de tiempo les recomiendo emprender el camino de vuelta a Burdeos por Bourg y Blaye: las fortalezas defensivas del arquitecto de fortificaciones Vauban son una verdadera obra maestra. Y por cierto, Blaye y Bourg aún hoy siguen siendo zonas vinícolas relativamente poco conocidas, con unos vinos de una relación calidad-precio inigualable.

 

Entre-Deux-Mers

Desde Saint-Émilion o Libourne también se puede ir hacia Branne, cruzar allí el Dordoña en dirección Burdeos, para lanzarse a descubrir Entre-Deux-Mers, también llamada la Toscana de Burdeos –sí, ya sabemos que las comparaciones son odiosas-. En esta Toscana bordelesa de suaves colinas hay cientos de bodegas pequeñas y grandes, y châteaux como Camarsac, Camiac o Bonnet, donde parece haberse detenido el tiempo. Especialmente interesantes son la abadía La Sauve-Majeure, el château de los duques d’Épernon en Cadillac o la pintoresca roca de las ostras fosilizadas en el bastión del vino dulce, Sainte-Croix-du-Mont. 

 

El sur

Una vez allí, se puede aprovechar para dar una vuelta por el sur de la Gironda: cruzando el Garona en Langon o en Cadillac se entra en la zona vinícola del sur de Graves. El Eldorado del vino dulce, Barsac/Sauternes, se halla en esta zona como un enclave. Cualquier visitante medianamente interesado en vinos empezará por echar una ojeada a Château d’Yquem, que reina en medio de sus cien hectáreas de viña. Pero muchas otras bodegas también son muy interesantes, entre ellas Suduiraut y Malle, con sus jardines amenos, así como la antiquísima Fargues o la recién restaurada Lafaurie-Peryraguey y algunas más. En Villandraut se halla el castillo del papa de Aviñón Clemente V y, un poco más lejos, Château Caseneuve, adonde fue desterrada la reina Margot, primera esposa del rey Enrique IV de Francia, al que los franceses deben el Edicto de Nantes. Este edicto garantizó durante casi cien años la libertad de culto, y finalmente le costó la vida al galante Enrique. Château Roquetaillade en Mazères es algo así como una pequeña Carcassonne. Allí Viollet-le-Duc, arquitecto y detractor de los châteaux vinícolas, creó en el siglo XIX su propia interpretación de la Edad Media. También son dignos de ver la catedral y el mercado de los sábados de Bazas, una antiquísima ciudad que lleva el nombre de una raza vacuna autóctona, celebrada todos los años en febrero con una fiesta especial.

También Pessac-Léognan está al sur de Burdeos y no solo es la zona vinícola más cercana a la ciudad, sino también la más antigua plantación de grandes vinos de Burdeos. Haut-Brion y el cru classé Pape Clément se hallan en medio del barrio periférico de Pessac. Pero también merecen una visita La Louvière, Haut-Bailly y la maravillosa Carbonnieux con su colección de coches antiguos, como también la disneylandia del vino que rodea a Smith Haut Lafitte (no, no es una crítica sino un cumplido) con su hotel-balneario Les Sources de Caudalie. Los Cathiard han creado allí una obra de arte integral centrada en el vino que no deja indiferente a ningún visitante.

 

Médoc y la costa atlántica

Desde el punto de vista turístico –es decir, en lo que respecta a los hoteles y la gastronomía– el mundialmente célebre Médoc fue durante mucho tiempo un verdadero desierto. Con La Gare Gourmande en Labarde/Margaux, el Bon-temps en Cussac o Le Saint-Seurin en Saint-Seurin de Cadourne, unos jóvenes propietarios han abierto en los últimos años unos centros gastronómicos que, con una cocina asequible, moderna y ligera, completan la oferta de locales tradicionales como la Brasserie du Lac (Relais de Margaux), Cordeillan Bages en Pauillac o el imprescindible Café Lavinal en Hameau de Bages, cerca de Pauillac. Los que prefieran alojarse fuera de Burdeos, desde hace algún tiempo ya pueden encontrar habitaciones en châteaux vinícolas más o menos conocidos, como Le Tertre, Lagrange o Les Ormes de Pez, donde se puede habitar un château auténtico. La ruta de los châteaux, desde Burdeos hasta Saint-Estèphe, serpentea pasando por multitud de bodegas de fama mundial: La Lagune, Cantemerle, Giscours, Palmer, Ducru Beaucaillou, Léoville/Langoa-Barton, los dos Pichon-Longueville, Latour, Lafite, Cos d’Estournel…

Los más valientes llegarán hasta la costa atlántica, a la bahía de la elegante localidad de Arcachon y al Cap Ferret, donde retozan las estrellas y estrellitas del famoseo francés. Aunque allí ya no crecen vides, se pueden tomar sabrosas ostras directamente del productor, acompañadas por una refrescante copa de un vino blanco sin nombre de Entre-Deux-Mers. La Dune du Pyla (o Pilat), una impresionante duna de arena, la más alta de Europa con sus aproximadamente 110 metros, hoy está en peligro de erosión, como prácticamente toda esta interminable costa de arena del Atlántico que, año tras año, atrae y desnuda a varios miles de turistas que no se acobardan ante los caprichos climáticos de la región bordelesa. En el extremo del Médoc está el faro de Cordouan, el más antiguo del mundo todavía en funciones. Terminado en 1611, vigila el estuario de Gironda, donde confluyen el Dordoña y el Garona en su desembocadura en el Atlántico. Desde Le Verdon, en Pointe de Grave, un transbordador transporta personas y automóviles hasta el balneario de Royan, en la otra orilla, que ya no pertenece a la Gironda. También hay un ferry de Lamarque a Blaye. Ambos permiten conectar cómodamente con la autopista Burdeos-París, evitando así, a la hora de regresar, las habituales retenciones en la carretera de circunvalación de Burdeos.

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