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El banquete de Bruegel

  • Redacción
  • 2005-02-01 00:00:00

En muchas ocasiones un sólo cuadro nos aprehende una totalidad de significados sobre una parcela de nuestra existencia, que, por sí mismo, nos devuelve el sentido profundo de parte de una época o de una vida. Y esto es lo que suele suceder con los cuadros de P. Bruegel, “El viejo”. Un simple episodio de la vida cotidiana se eleva, de repente, a obra de arte pictórica de rango universal. Rasgos y detalles, condensados en su quintaesencia, se despliegan ante nuestra vista atónita y se convierten en una síntesis general y analítica de ese momento que totaliza una parte de nuestra vida. La necesidad de comer y beber El cuadro “El banquete de boda” de Bruegel, fechado en 1568, un año antes de su muerte, es uno de estos cuadros. Y lo es por lo que supone en relación con pinturas anteriores. Frente a la plástica idealización de hombres bellos y espiritualizados anteriores, Bruegel nos representa hombres con toda su existencia corporal incorporada. Hombres cuyo organismo, y su mente, necesitan comer y beber. El hecho central de la boda no es sino un simple pretexto para, en torno a él, plasmar vigorosamente un cuadro inexorable de las costumbres rústicas y populares de los campesinos, por eso no sabemos apenas quienes se casan; no son ellos el centro del cuadro. El centro de la acción reside en la gente (que incluso se amontona en exceso en la entrada), en sus actividades y en sus diversiones. No hay ningún intento de glorificación exultante de grandes actos, simplemente visión objetiva y humanizada de un hecho. El mundo ha dejado de ser “un sueño de Dios” o un engaño del Diablo, porque la acción humana ha recobrado todo su valor pleno con todas sus consecuencias: desgracias y alegrías se asumen al unísono. Bruegel ensalza y eleva al lugar que le corresponde el lado terrenal del hombre, y por ello, como subraya K. Van Mander, “sentía gran placer al observar a la gente comiendo, bebiendo, bailando…” Sus personajes se dedican a comer y a beber como si fueran los últimos actos de sus vidas; las caras miran hacia los que sirven la comida o bien los invitados entablan conversaciones. Sus rostros, a pesar del acompañamiento musical, no denotan una especial alegría. La gente ha venido a lo que ha venido: a comer y beber, y aunque la comida no parece gran cosa, todos se aplican a la labor; incluso el niño se concentra en su sugerente lamido. Una labor muy seria en nuestras vidas como para tomarla a broma. Bruegel, ahora, dará un rostro al pueblo anónimo, una existencia propia en la que tiene cabida la diversión después de la dura tarea, y los abundantes recipientes de vino que no dejan de vaciarse.

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