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La magnificencia vinícola de Quevedo

  • Redacción
  • 2009-02-01 00:00:00

Contradictorio, vitalista, vividor, Quevedo nos reporta ese aire fresco que remueve de cuajo los malos humos de la existencia. Y una de las formas que utiliza es el empleo del vino como antídoto de cualquier mal. Es eficaz tanto para el bienestar físico, como por su valor económico y eficiente bálsamo del espíritu: “Para conservar la salud y cobrarla si se pierde, conviene alargar en todo y en todas maneras el uso del beber vino, por ser, con moderación, el mejor vehículo del alimento y la más eficaz medicina, y, para aumentar la renta del Gran Señor y de sus vasallos con el trajino, el tesoro más numeroso, por ser las viñas artífices de muchos licores diferentes con sus frutos, y en todo el mundo mercancía forzosa, y, para esforzar los espíritus al coraje de la guerra y encender la sangre en hervores temerarios, más eficaces que el anfión (opio), y más racionales, a que no debe obstar la prohibición de la Ley, en que se ha empezado a dispensar”. Por esto no es de extrañar estas sabias palabras: “Dijo la rana al mosquito desde una tinaja: más quiero morir en el vino que vivir en el agua...”. Que era un buen experto en vinos lo demuestra cuando alaba el vino de Alaejos, que está actualmente dentro de la D.O. Rueda, cuyos vinos eran conocidos desde antiguo y alcanzaron su mayor esplendor y fama en la corte de los Reyes Católicos y durante los Austrias. La fama no decreció al pasar la capitalidad a Madrid; al contrario, creció y sólo las plagas del siglo XIX hicieron decrecer su producción, gozando ahora de un importante auge con la elaboración de vinos blancos sobre la variedad Verdejo. Éstas son las palabras de Quevedo sobre este vino: “Los paños franceses no abrigan lo medio/ que una santa bota de lo de Alaejos./ Con esto, y Anarda, por sin duda creo/ que engordaré a palmos y creceré a dedos./ Y sin pena alguna, vergüenza ni miedo,/ si Dios no me mata, moriré de viejo./ Después de yo muerto, ni viña ni huerto;/ y para que viva, el huerto y la viña… OBREGÓN: ¿Hay bota? / CAÑIZARES: Con munición de Alaejos. / OBREGÓN: Esa afrenta / tome Medina a su cuenta, / pues solos sus vinos son / los monarcas de Castilla. / CAÑIZARES: Y a fe que en fe de su vino / dicen que Baco es vecino / de esta populosa villa; / más todo lo forastero / suele ser más estimado”. Quevedo tenía clara su filosofía de la vida, que se mueve en las plácidas aguas de un plácido hedonismo que se agarra con seguridad a los placeres que nos ofrecen las viñas: “Llenar, no enriquecer, quiero la tripa;/ lo caro trueco a lo que bien me sepa:/ somos Píramo y Tisbe yo y mi pipa./ Más descansa quien mira que quien trepa;/ regüeldo yo cuando el dichoso hipa,/ él asido a Fortuna, yo a la cepa”.

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