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Dentro de la botella más antigua

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  • Diana Fuego, Foto: Altera levatur
  • 2023-11-02 00:00:00

 ¿Abrir o no abrir la botella de vino más antigua del mundo? Esa es la gran pregunta que se hacen año tras año los expertos, y hemos caído en el juego de vaticinar su contenido junto a tres carismáticos poetas del vino.


Rodeados de vino, el viaje al Más Allá se disfraza de fiesta eterna. Eso fue lo que debió de pensar –y con razón– una pareja de nobles romanos del siglo IV cuyas tumbas fueron descubiertas en Speyer (Alemania) en 1867 repletas de ofrendas a los dioses: el sarcófago de la mujer contenía seis recipientes de vidrio; el de su esposo, diez. Y aunque quince de ellos estaban completamente vacíos, aquel botín entre dos mundos escondía uno de los mayores enigmas de la historia del vino: el legendario "vino de Speyer", ¡la botella más antigua del planeta!
Custodiada por el Museo Histórico del Palatinado de Speyer, que data la botella sobre el año 325 d.C., muestra un aspecto insólito: dentro de un recipiente de vidrio de litro y medio con asas en forma de delfín reposa "un sedimento líquido claro y, en dos tercios de su volumen, una mezcla dura y resinosa". Esto es lo que explican desde la web de turismo de la ciudad alemana, y el primer vistazo a la controvertida e hipnótica reliquia así lo confirma.
Casi 1.700 años después, su extraño contenido sigue intacto gracias a un fortuito tapón de aceite de oliva y cera, y los expertos vuelven una y otra vez al mismo debate: ¿debería abrirse o eso significaría su final? Al conservador Ludger Tekampe, su custodio oficial, le preocupa que no sobreviva al contacto con el aire e incluso que se desencadene una reacción inesperada; por otro lado, la prestigiosa enóloga Monika Christmann, expresidenta de la OIV, abandera a los partidarios de destapar sus secretos, aunque reconoce que no daría ninguna alegría al paladar.
Pero, incluso despojado de hedonismo, ese vino milenario sigue incitando a la imaginación, al juego. Y jugar a vaticinar su contenido es justo lo que hemos hecho, con ayuda de tres de los expertos en vinos antiguos más carismáticos del país.
Antonio Flores, enólogo de González Byass e intrépido poeta del vino, no duda en beberse a sorbos la Historia siempre que tiene ocasión: "He tenido la oportunidad de clasificar y catar todos los vinos que teníamos en nuestro botellero histórico. No te puedes imaginar lo emocionante que fue, ¡tardamos dos años! Yo siempre digo que eso era como una cápsula del tiempo".
La arqueología vitivinícola es casi una forma de vida para esta suerte de Indiana Jones del vino de Jerez: "Nunca he catado un vino más viejo que Tío Pancho Romano 1728, y es una maravilla: un vino muy dulce, con una acidez impresionante, y se ha convertido ya en semisólido. Su contenido en azúcar es tremendo, más de 600 gramos por litro, lo que hace que se conserve como una mermelada. Yo creo que se come, más que se bebe", apunta entre risas.  
Como buen amante de los vinos legendarios, ha observado con detenimiento el contenido de la botella de Speyer, y nos ha dado pistas muy interesantes: "Estamos hablando de vinos muy ácidos que tenían un proceso de elaboración muy rústico; y además lo elegante para los nobles romanos era rebajarlos con agua, mezclarlos con especias, endulzarlos con miel… Yo lo veo muy pálido, eso quiere decir que gran parte de la materia colorante se ha perdido. Y no olvidemos el curiosísimo papel de las anguílulas, esos pequeños gusanitos que pueden transformar el ácido acético en agua. Entonces una botella con mucho tiempo como esa puede ser agua fundamentalmente. A mí románticamente me encantaría que se hubiera mantenido bien, parecido a un vino romano, pero lo dudo. ¡Aunque sin duda me atrevería a probarlo!".
Frente a su valentía, encontramos la prudencia de nuestro presidente honorífico, Bartolomé Sánchez: "Soy un gran defensor y catador de vino antiguo, pero sinceramente creo que abrir la botella no aportaría nada. Eso sí, yo sacaría una muestra y la analizaría para ver cómo está. Organolépticamente habría que refrescarlo con un poco de vino manchego", comenta divertido. El vino más más antiguo que ha probado es "un Marqués de Riscal de 1890 que te mueres. También recuerdo un Madeira magnífico de 1901".
De aquella bella y salvaje isla portuguesa procede también una de las etiquetas más antiguas que ha catado Armando Guerra, el alma de la sanluqueña Taberna der Guerrita y responsable de alta enología de Bodegas Barbadillo: "También han caído en mis manos viejos oportos. Sin embargo, nada como enfrentarse a una vieja bota de amontillado. Los viejos jereces te teletransportan a muy antiguo, a mí me resultan emocionantes". Siempre rotundo y certero, Armando rechazaría probar el vino de Speyer: "Abrirla sería un desastre, porque al final la beberán dos científicos, dos ricos y dos políticos, y no sabríamos nunca si mienten en la cata. Lo más probable es que sepa a rayos, pero que nunca lo reconozcan". Y llega a una conclusión incontestable: "Es mucho más bonito imaginarse lo que hay dentro y hablar de ello mientras se mira la botella".


Compañeras de eternidad
Todavía hoy siguen apareciendo ánforas romanas, aunque sin restos de vino, ya evaporados por el tiempo.
Antonio Flores nos cuenta que en su bodega también han descubierto un ánfora que podría ser del siglo XVIII... y que abrirán pronto.

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