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Torres, vinos de pago. LA IMPORTANCIA DE LO MÍNIMO

  • Redacción
  • 2001-10-01 00:00:00

“Torres busca cepas viejas diferentes”. Al anuncio acuden viticultores de todos los rincones. Se analizan sus plantas, se clasifican y, tras una laboriosa ingeniería, revive la variedad olvidada. Pequeños detalles, pequeñas parcelas marcan la gran diferencia

Desde lo general a lo particular. Aquella simple, evidente, forma de silogismo ha exigido en Torres un largo recorrido. Porque a lo largo de cuatro generaciones, una casa señera, y emprendedora, una bodega familiar del Penedès, llegó a rebasar sus fronteras y lanzarse a la conquista del mundo.
Con indiscutible éxito. Ahí están sus viñedos en Chile, en California y en China, el trabajo de 800 personas, la exportación a 120 países y, como símbolo, la completa colección de 150 cepas de todo el globo en el jardín ampelográfico, a las puertas de la casa de visitas de Mas Rabell.
Pero al mismo tiempo, frente a esa globalización y dentro de la excepcional propiedad de 1.600 has. de viñedo, Torres ha venido realizando un trabajo profundo que pasa por la conservación y recuperación de variedades de uva, de viñas viejas, fincas y casonas de su entorno. En esa filosofía han nacido los vinos de pagos, los más selectos, exquisitos y limitados del extenso catálogo de la casa.
El término “pago” define un pequeño territorio con características especiales de suelo, orientación o microclima, una parcela idónea para alimentar uvas excepcionales de algunas variedades. Es el equivalente a los “crus” de Burdeos o a los “domaine” de Borgoña.
En Agulladolç, en la finca Las Arnas (Las Polillas) una docena de vendimiadores escogen en la cepa cada racimo, eliminan algún grano indeseable y lo colocan en el carrillo con tanto mimo que parece que vayan a arroparlo. Allí, en un claro del bosque, en la ladera de una cima de 500 metros, en la suave pendiente de la solana, un vientecillo perenne refresca los cuerpos y los frutos. Son apenas dos hectáreas en un viñedo de 60 y en una finca de 120. Dos hectáreas de suelo imposible, de piedra pizarrosa y tierra tan gris y solidificada como el cemento. Una dura prueba de la que salen triunfantes la Merlot, la Cabernet Sauvignon y la Cabernet Franc que se transformarán en el Reserva Real, una joya acariciada por madera virgen, de la que aparecen apenas 6.000 botellas.

Prensas de campaña
Mas allá se vendimian también, en un llano arcilloso, dos pagos a los pies del castillo de Miralles, 10 has. de Pinot Noire en Mas Borrás, y 25 de Sauvignon Blanc en Fransola, para ese complejo y largo blanco del mismo nombre, fermentado en madera.
Aquí, puesto que la bodega está lejos y los caminos son tortuosos, se habilita en cada vendimia una prensa “de campaña”, en pleno viñedo, para evitar que las uvas se rompan o se deterioren en el trayecto. El mosto sale en recipientes refrigerados hasta la bodega de elaboración, ejemplo de enología moderna, de equilibrio entre artesanía y técnica. Como artesano es el invento del director agrícola de la finca, Magín, que ha vendado las hileras de viña para que el frecuente granizo no alcance los racimos. Una visión surrealista pero que está demostrando su eficacia.
Más lejos, desde hace quince años vienen creciendo otra vez cepas tradicionales para ensamblar un tinto: junto a la dulce Garnacha la fuerza de la Samsó, el nervio de la Monastrell y el profundo toque ahumado de la Garró. El resultado se llama, como no podía ser menos, Grans Muralles.
Y junto a las murallas y el castillo de Milmanda, el término de Vimbodí acoge otros dos pagos, Mas Nerola y Mas de Baix. Son 15 has. de producción rigurosamente limitada donde crece el Chardonnay para el Milmanda que después fermenta y se cría en noventa barricas, en una sala de aspecto catedralicio. Impresionante, aunque representa una nimiedad frente a las 12.000 barricas que a lo largo de dos kilómetros de galerías subterráneas componen la cava de guarda de la bodega central.
Mas La Plana, Milmanda, Grans Muralles, Fransola, Reserva Real... Juguetes, criaturas mimadas, caprichosas y estudiadas elaboraciones que sitúan a Torres entre los primeros puestos de los vinos del mundo.

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