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El viñedo sale al rescate del planeta

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  • Antonio Candelas
  • 2022-01-26 00:00:00

La Tierra está malherida. La desertización avanza imparable y los eventos climáticos extremos suceden cada vez con mayor frecuencia. La combustión de recursos energéticos de origen fósil favorece el aumento de gases de efecto invernadero en nuestra atmósfera y no hay señales de que vaya a remitir en un plazo corto de tiempo. Aun así, hay signos de esperanza para contrarrestar estas emisiones nocivas, frenar y revertir el avance de la esterilidad de nuestros campos y volver a alcanzar el equilibrio entre la naturaleza y la actividad humana. El camino no será fácil ni corto, pero estamos a tiempo de lograr dar la vuelta a un escenario devastador. Aunque parezca insólito, el viñedo puede ser una de las piezas clave que lidere este rescate sobre la campana.



El reto es claro. Conseguir reducir y/o compensar las emisiones de dióxido de carbono a la atmósfera para que el futuro de nuestras generaciones se aleje del turbador peligro que las acecha. La reducción de estos gases es complicada por la extraordinaria dependencia que la humanidad tiene de las formas de energía que los producen. Además, hay que tener en cuenta que, en cualquier proceso de transformación de los recursos naturales, la cesión de dióxido de carbono a la atmósfera es inevitable y ninguna sociedad, hoy por hoy, está dispuesta a renunciar al desarrollo. En el mejor de los casos, conseguiremos frenar las emisiones con modelos productivos más respetuosos y con la tecnología como referente para minimizar el impacto negativo, pero no nos engañemos: esto no es suficiente. Según un informe del Global Carbon Proyect, durante el año 2020, marcado por la pandemia, las emisiones globales se redujeron un 7%. Por otro lado, un informe del Programa de las Naciones Unidas para el Medio Ambiente advierte de que en esta década se deberán reducir los gases emitidos a nivel mundial un 7,6% cada año. Aun con la paralización mundial que supuso la COVID-19, no alcanzamos la reducción planteada por Naciones Unidas. Datos que nos sumergen en una realidad poco alentadora.

Con todo, hay motivos para la esperanza, eso sí, si nos ponemos manos a la obra sin más tardar. Si la disminución de emisiones no es suficiente, habrá que pensar en capturar de alguna forma el exceso de dióxido de carbono que hay en el aire que respiramos. Allan Savory, ecólogo y fundador del Savory Institute, sostiene, con su larga trayectoria dedicada a la restauración de ecosistemas, que es posible utilizar la agricultura y la ganadería como herramientas para equilibrar de nuevo el medio ambiente. Allan es pionero en desarrollar un movimiento agropecuario centrado en la regeneración de los suelos a través de un manejo holístico, es decir, considerando toda la explotación agrícola o ganadera como un todo y no como la suma de las partes que la componen. Una de las cualidades más importantes de este tipo de viticultura es que las prácticas no son universales. Cada paisaje requiere unas medidas que se adapten al medio, unos tiempos diferentes dependiendo de las condiciones climáticas y unos objetivos a medio plazo que no siempre tienen por qué ser los mismos.
Esta forma de pensamiento está calando cada vez más en la viticultura. Tanto es así que grandes firmas como Familia Torres están apostando a través de ambiciosos planes por la reconversión de sus viñedos. Creen además imprescindible la divulgación de esta forma de enfocar el trabajo en la viña para provocar un cambio de paradigma en la actividad vitícola. Así, se celebró el pasado mes de junio, bajo su organización, el I Simposio de Viticultura Regenerativa de nuestro país con el sugerente mensaje Suelos vivos contra el cambio climático. En él participaron las voces más relevantes en esta disciplina a nivel mundial. Un primer paso que persigue ser el germen de una revolución ineludible y que ha ido acompañado del nacimiento de la Asociación Viticultura Regenerativa, que vio la luz el pasado mes de noviembre. Con su creación se pretende impulsar esta forma de trabajar en la viña, presentando los beneficios que la regeneración de los suelos puede aportar al propio viñedo y al medio ambiente, así como guiar a todo aquel viticultor que decida dar el paso de reconversión de las labores vitícolas aplicadas hasta ahora.

Otra viticultura es posible
El denominado Informe Dasgupta, encargado por el Ministerio de Economía de Reino Unido y publicado en febrero de 2021, afirma que el 40% del capital natural ha sido eliminado del planeta en un periodo de 30 años. Un dato terrible que conecta con el hecho de que dos tercios de la superficie terrestre está en riesgo de desertificación.
Familia Torres empezó a luchar contra el cambio climático en 2008 cultivando sus 900 hectáreas de viñedo en régimen de ecológico y adquiriendo el compromiso de reducir en 2030 un 60% las emisiones de dióxido de carbono por botella con respecto a 2008. Sin duda, retos ambiciosos que no dejaban del todo contento a Miguel Torres, director general de la empresa familiar, cuando observaba el aspecto del viñedo en el que la erosión del suelo, por ejemplo, iba dejando cada vez más al descubierto el punto de injerto de la cepa. Y es que poco se habla de la importancia del cuidado del suelo del que las viñas toman sus nutrientes.
Francesc Font, viticultor en el Penedès, fundador de la consultora Agroassessor y vicepresidente de Asociación Viticultura Regenerativa, es un firme defensor de otra forma de trabajar la tierra, desde la regeneración de la vida del suelo, fijando carbono y evitando la erosión del mismo. Su intervención en el I Simposio de Viticultura Regenerativa se centró en cómo el labrado continuado de las viñas favorece los episodios de desgaste del suelo por lluvias y viento. "Cada cinco años se pierde un centímetro de suelo en un terreno que se ara, mientras que la naturaleza tarda en crearlo 40 años". Además, se pierde la mejor parte, donde se concentra la mayor cantidad de materia orgánica. A priori y con las prácticas culturales tradicionales que se realizan, parece una provocación invitar a reducir o eliminar las labores de labranza, pero es que a veces, para cambiar modelos que han dejado de ser óptimos, es necesario zarandear conciencias y plantear nuevas formas de trabajo, aunque sean disruptivas.
Dejar que las hierbas crezcan entre las cepas o sembrar especies seleccionadas para el enriquecimiento del suelo es una de las prácticas que defiende esta disciplina vitícola. En nuestra fotografía mental de un viñedo, suele estar limpio de hierbas; pero cuando se mantienen estas cubiertas vegetales, se favorece la fijación del nitrógeno en el suelo, la biodiversidad crece y se contiene su erosión. En verano, cuando se siega o se aplastan con un rodillo, se genera una capa protectora que mantiene la humedad tan necesaria en esos momentos del ciclo. Pero, ojo, no vale dejar que crezcan las hierbas de manera anárquica y sin criterio. Para Francesc es fundamental gestionar la cubierta buscando obtener los beneficios deseados. "Si no se gestiona o se hace mal, se puede convertir en un problema más que en una solución". En esta gestión es cuando entran también en juego las cabezas de ganado, que mientras abonan el terreno se alimentan de las hierbas cuando es necesario.
Todas estas prácticas buscan una mayor capacidad de retención de humedad que tanta falta hace, sobre todo cuando se comprueba que los ciclos anuales dejan una cuenta de precipitaciones cada vez más deficitaria. Retener la humedad, enriquecer la biodiversidad y evitar la erosión. Sobre estos tres beneficios fundamentales para la viña se funde el más importante para el medio ambiente: capturar el exceso de dióxido de carbono de la atmósfera y alcanzar una compensación por todo lo emitido.
La regeneración de los suelos a través de la actividad agropecuaria no tiene unos preceptos concretos para su aplicación. La gran plasticidad y diversidad de paisajes y ecosistemas hace que esta práctica agrícola proponga soluciones igualmente diversas teniendo en cuenta los recursos cercanos. Sin embargo, las metas son las mismas para un viñedo ubicado en España o en Australia.
Las herramientas de las que disponemos para implementar la viticultura regenerativa ya hemos visto que son diversas y en absoluto excluyentes siempre que el equilibrio del ecosistema no quede dañado: el pastoreo controlado, las cubiertas vegetales
–espontáneas o dirigidas– bien gestionadas o la adaptación de la maquinaria agrícola son las principales herramientas de las que disponemos para conseguir los objetivos de revitalización de suelos y de rentabilidad en todos los aspectos.
 
El suelo, sumidero de CO2
Según el dato que aportó la Organización Internacional del Vino (OIV) en 2019, en el mundo hay plantadas 7.402.000 hectáreas de viñedo. ¿Os imagináis que todas esas hectáreas de viña funcionaran como un inmenso bosque capaz de absorber dióxido de carbono con la avidez que lo hacen los grandes pulmones forestales del globo terrestre? Esa es la idea que bullía en la cabeza de Miguel Torres en los momentos más complicados de la pandemia, cuando todo nos invitaba a la reflexión. Fue el pistoletazo de salida de una forma diferente de entender el trato que se le da al entorno en el que está plantado el viñedo, considerándolo no solo como un elemento de explotación para el beneficio de una actividad agrícola, sino como un lugar que forma parte de la naturaleza y que, por tanto, hay que gestionar para evitar su degradación y favorecer una continua regeneración.
Pilar Andrés, doctora en Ciencias por la Universidad Autónoma de Barcelona e investigadora del Centro de Investigaciones Ecológicas y Aplicaciones Forestales (CREAF), durante este I Simposio de Agricultura Regenerativa, puso el foco en la importancia de la biodiversidad del suelo como elemento fundamental a tener en cuenta para atrapar el dióxido de carbono de la atmósfera e incorporarlo al sustrato terrestre. El dato que aportó nos pone en situación de la importancia que tiene la buena salud del suelo para que los objetivos globales de freno del cambio climático se puedan alcanzar: en un metro cuadrado de suelo a tres metros de profundidad hay más carbono que en toda la columna de vegetación y atmósfera que hay por encima. Esto quiere decir que todas las labores que se hagan en el suelo serán importantísimas para el entorno.
Para discernir cómo el suelo puede actuar de gran sumidero de dióxido de carbono y comprender que para lograrlo hay que generar y cuidar su biodiversidad, es clave detenerse en cómo funciona el ciclo de una planta y de qué manera interacciona con el terreno. Con el dióxido de carbono que capta de la atmósfera, la luz del sol y los nutrientes que encuentra en la tierra a través de las raíces, la planta desarrolla todas sus partes (hojas, ramas, raíces...). Estos elementos son restituidos en forma de materia orgánica que la planta no puede volver a asimilar. Los únicos que son capaces de realizar la transformación de esta materia son los hongos y bacterias del suelo, fijando de esta forma el dióxido de carbono en la tierra. Por tanto, es muy importante saber gestionar el suelo para respetar y enriquecer su biodiversidad, que nos servirá de gran ayuda en la importante empresa que perseguimos.
Pero lo interesante de esta forma de entender la viticultura desde la vida que habita en el suelo no solo está en el beneficio que le estamos concediendo a nuestro maltrecho planeta. Los favores van también dirigidos a las preciadas cepas. Cuando contamos con un terreno con una biodiversidad rica y equilibrada, tenemos en él un escudo para combatir los ataques de las plagas. Vamos creando un entorno más resistente y más resiliente ante periodos continuados de sequía en los que la humedad, tan importante para que estos microorganismos hagan su función, no sea suficiente.
Con esta consideración del suelo se reformula la relación entre la actividad agraria y el medio ambiente. En la concepción clásica, se adapta el medio al cultivo, en el que la merma de biodiversidad –y por lo tanto de fertilidad– se repone con insumos externos que amenazan el equilibrio. Hoy, sin embargo, la idea es la contraria: adaptar el cultivo al entorno aprovechando al máximo la interacción de los microorganismos del suelo con el cultivo, sabiendo a su vez que todo lo que se haga sobre el terreno tiene una repercusión enorme. Un cambio de paradigma que, para la doctora Pilar Andrés, surge de la emergencia climática en la que estamos inmersos. De igual manera, el concepto de fertilidad de un suelo ha cambiado. Hemos pasado de considerarla como la capacidad del suelo de conservar las cualidades físicas y químicas para garantizar la productividad de la actividad agraria a brindar a los microorganismos este papel crucial. Son los verdaderos protagonistas de que una planta pueda disponer de los nutrientes necesarios para su desarrollo y rendimiento. Pero, además, son los responsables de contribuir de manera decisiva en el equilibrio del suelo.

Rentabilidad global
El manejo holístico del territorio cultivable no es una filosofía que descuide o limite la capacidad de generar alimento y riqueza al ser humano. Al contrario, todas las prácticas que se ponen en marcha buscan que el equilibrio no sea solo medioambiental, sino que la actividad agraria genere una rentabilidad a quien la ejerce. Una de las reflexiones más clarividentes del Informe Dasgupta para dar con la solución a la deriva climática es que debemos comprender con urgencia que las actividades económicas están engastadas en la naturaleza, no son externas a ella. El propio Partha Dasgupta, economista y profesor emérito de la Universidad de Cambridge que lideró el informe encargado por el Gobierno inglés, afirma: "El verdadero crecimiento económico y desarrollo sostenible implica reconocer que nuestra prosperidad a largo plazo depende de que volvamos a equilibrar nuestra demanda de bienes y servicios naturales con la capacidad que tiene el planeta de proporcionarlos".
Puede ser tentador pensar que esta nueva forma de entender la viticultura solo atiende al medio ambiente mientras se gravan los beneficios de productividad o aumentan los gastos. Miguel Torres apunta que hay que mirar a la viticultura regenerativa de forma global. Claro que hay que hacer inversiones, que no gastos, para remodelar toda una forma de trabajar afianzada durante décadas en un terreno. Además, hay que contar con que cada ecosistema tiene una inercia que primero hay que frenar para luego redireccionar. Este detalle hace que los cambios no se vean de forma inmediata y que haya que ser constantes y estar convencidos de los beneficios globales. Pero cuando la primera inversión está hecha y se han aplicado las medidas de choque para reconstruir la vida del suelo, la rentabilidad crece principalmente por dos motivos: se consume menor cantidad de combustible y de productos agrícolas, y se produce una uva con mayor potencial enológico y, por tanto, con mayor valor.
"La viticultura regenerativa nos debe servir para garantizar y mantener la calidad de los vinos ante episodios climáticos indeseables", cuenta Miguel Torres. Cuando viñas con muchas vendimias a sus espaldas son capaces de crear grandes vinos parecen indestructibles ante el imparable avance del cambio climático que se nos avecina, pero, aunque casi, las cepas aún no tienen superpoderes. Hay que ser previsores y crear un entorno lo más favorable posible para cuando las condiciones ambientales no sean las más idóneas y estas cepas puedan adaptarse de la forma menos traumática a las nuevas condiciones sin mermar la calidad de sus uvas y preservar así el carácter de sus vinos.
Sin duda, esa resiliencia de la que podemos dotar al suelo con su regeneración tendrá unas importantes implicaciones en los vinos: los periodos de sequía serán amortiguados y no habrá desequilibrios y sobremaduraciones que tanto igualan a los vinos; por tanto, la frescura se mantendrá y su consistencia en el tiempo será mayor. Todas estas consideraciones miran hacia la protección del valor del vino o incluso hacia su revalorización. Que hoy se hagan buenos vinos procedentes de viñas trabajadas con la viticultura convencional no quiere decir que en un futuro esto sea sostenible. Los datos apuntan a que, si no hacemos nada, viviremos sequías cada vez más profundas y reiteradas, y los procesos de desertización acelerarán su avance.
Veremos cómo esta nueva forma de gestionar la viña va ganando adeptos, pero estamos ante una disciplina asentada sobre experiencias consistentes, avalada por estudios científicos y por una realidad palpable en cuanto a la calidad de los frutos que se consiguen. Ahora es momento de actuar, entendiendo que revertir un modelo de siglos no será ni fácil ni inmediato, pero sin duda necesario para que algún día podamos contar a nuestras generaciones futuras que aquello del cambio climático fue un mal sueño y no una cruda y espantosa realidad.

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