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Viña Meín: El renacer de un clásico

  • Redacción
  • 1999-12-01 00:00:00

Viña Meín

El renacer de un clásico

Viña Mein es una de las pocas bodegas españolas que además de hacer un vino con personalidad, funciona como casa rural. Apartada de todos los caminos transitados, es un verdadero remanso de paz. En sus dominios, el sosiego y el silencio campestre solo es alterado por el canto de los mirlos. En este idílico paisaje, desde donde se divisa el monasterio de San Clodio, en Ourense, rodeado de viñedo y bosques, y con un vino exquisito, la casa ofrece al aficionado la posibilidad de poder escaparse a un lugar que se parece mucho al paraíso.

Los buenos proyectos a veces germinan por casualidad, sin plantearse inicialmente el resultado final. Hace doce años en una reunión de amigos, en Leiro, surgió la idea de elaborar un poco de vino para consumo propio. Nada del otro mundo si se trata de Galicia, donde existen casi tantas bodegas como casas. En este grupo enseguida destacó Javier Alen, por su decidida vocación y por contar con el tiempo suficiente para acometer la tarea de organizar una pequeña bodega. Quince años ejerciendo la profesión de abogado le habían enseñado que el mundo de los negocios es frío y algo inhumano. Pero los amigos no le dieron elección: “Fue una decisión tomada por los demás, a dedo. Yo, que no quería trabajar en la dirección de empresas, de pronto me veo empujado a convertirme en empresario”. La propia naturaleza de la empresa presentaba dificultades atípicas: en la comarca orensana del Ribeiro no resulta nada fácil comprar una viña con las características requeridas para la aventura. Hasta que un buen día aparecieron la casa y la viña de Meín. No eran gran cosa: una ruina de casa y una viña perdida y ahogada entre el bosque y la maleza. La rehabilitación comenzó por acondicionar la tierra y plantar dos hectáreas de Treixadura, uva autóctona que estaba amenazada de desaparición.
“Lo cierto es que tuvimos la gran suerte de contar con José Antonio Iglesias, director de la Estación Enológica y uno de los grandes expertos españoles (hoy ya fallecido). Él fue quien diseñó el futuro vino de Viña Meín, con la plantación de otras variedades como la Loureira, Albilla, Torrontés y Albariño en los terrenos que poco a poco se iban adquiriendo. Tanto le entusiasmó nuestro proyecto que planteó la posibilidad de pertenecer a la sociedad aportando, además de sus conocimientos, su pequeña viña, cosa a la que accedimos encantados”.
Después de esto casi eran terratenientes; entre todos juntaban unas 9 ha. de viña joven pero con cepas autóctonas de calidad y plantadas en terrenos elegidos para cada variedad. Quedaba la tarea de poner en pie una bodega que sirviera de laboratorio definitivo de sus ilusiones. Y al tiempo que se construía, compraban las tres últimas hectáreas en Gomariz, cerca de Vilerma, hasta completar las 12 hectáreas que poseen en la actualidad.
En consonancia con el espíritu fundacional de elaborar un vino de alta calidad, Viña Meín pronto entra a formar parte del grupo de pequeñas bodegas que han sabido dignificar el Ribeiro, como Emilio Rojo, Vilerma, o Viña Martín. Gracias a ellas, en el Ribeiro está surgiendo un raro fenómeno que afecta a todo el sector. “Es verdad que se sigue abandonando viña, en líneas generales -comenta Javier-, pero afortunadamente cuando se replanta alguna nueva, los viticultores suelen recurrir a variedades autóctonas nobles, generalmente la Treixadura”.
La calidad de los vinos de Viña Meín se basa principalmente en la utilización de las variedades autóctonas, un cuidado primoroso de la viña y la selección de los racimos en vendimia. Pero nada, o poco, se puede hacer si no se cuenta con las condiciones óptimas para elaborar. El lagar es pequeño, agradable y dotado de un equipamiento moderno y funcional. Diseñada para trabajar con comodidad, la bodega tiene una capacidad de 120.000 litros, cifra que casi se alcanzó en la cosecha del 99, con 100.000 litros producidos.
Viña Meín cuenta, además, con un asesor de excepción: Emilio Vidal, un maestro conocedor de todos los secretos del Ribeiro. Un profesional que concibe el vino como algo singular, al que es necesario dejar que se exprese de acuerdo con sus condiciones y personalidad.
Adosada a la bodega, y rodeada del embrujo de esta tierra entrañable, se ha reedificado la antigua casa, que cumple hoy las funciones de albergue rural. La nobleza de la piedra, la intrínseca calidez de la madera o del barro cocido, acogen a los huéspedes en las seis habitaciones disponibles, cada una con una decoración diferente. En ella se puede realizar un copioso desayuno en el que todavía cabe la posibilidad de comerse unos suculentos huevos fritos, de los de antes, sí, puestos por gallinas “gourmet”, que picotean sueltas y eligen únicamente sus caprichos naturales. El conjunto casa-bodega se apoya en una oval y formidable roca, independiente, que se hunde al menos 15 metros en la tierra y que sobresale unos cuantos más. Su redondeada punta se convierte en otero desde el que se divisa un amplio valle que cae en suave pendiente hacia los dominios del río Avia. Resulta un conjunto encantador, en el que resalta la elegancia sobria que confiere la piedra granítica, semi escondida por la parra virgen, la madera oscurecida por el tiempo y el terruño agreste. Paisaje ligado a la viña desde la fundación de San Clodio, en el siglo XI. Este monasterio, según la tradición, fue el primer lugar del Ribeiro donde se plantaron cepas de “vitis vinifera” traídas por los monjes cistercienses.
Viña Meín ha contribuido de manera eficaz a recuperar aquel Ribeiro magnífico, que enamoró al mundo y por el cual el inglés pagó fortunas, primero, y arriesgó su vida, después, cuando le fue vedado por los avatares de la política.

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