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Moscatel seco para la pasta

  • Redacción
  • 2000-01-01 00:00:00

Multiformes, coloristas, especialmente aptas para el juego gastronómico, las pastas constituyen todo un divertido capítulo de la cocina actual. Escasas veces tan poco -harina o sémola de trigo duro, agua y sal- ha producido tanto y tan sugerente. Sus nombres son ya un delicioso fuego de artificio que excita la imaginación: minestrone, fusilli, agnoletti, tagliatelle, bucattini, papardelle, orechetti, mediagloni, diaboletis, linguinis... y, por supuesto, los espaguetis a la guitarra, macarroni, tallarines, tortellini o raviolis. A tan variopintos nombres corresponden no menos pintorescas formas. Los hay largos y finos como paja, gruesos y anchos como pequeñas baldosas, macizos y huecos; cuadrados, redondos o triangulares; parecidos a lazos, tornillos, orejas, conchas, madejas, cintas. Y aunque su color habitual es blanco amarillento, pueden ser anaranjados, rojos, verdes, negros, violeta.
En España, desgraciadamente, el fantasioso mundo de la pasta se reduce demasiadas veces a los monótonos y populares platos de toda la vida: los consabidos macarrones con tomate, el habitual fideo, los inevitables canelones, y pare usted de contar. La magistral simplicidad de unos buenos espaguetis al burro, con una ligera nevada del auténtico y perfumado queso parmigiano reggiano, no debe hacernos olvidar que con los mil y un tipo de pastas pueden realizarse grandes creaciones gastronómicas, como los inigualables maccheroni Rossini, obra del genial compositor italiano, cuyo relleno lleva trufas frescas, foie-gras de oca y tuétano de vaca, todo ello inyectado en la sublime oquedad del grueso macarrón con una primorosa jeringuilla de plata y marfil. Y es que cualquier cosa combina bien con la pasta, tanto la verdura como el marisco, la carne o el pescado, las setas y la casquería. Equivocarse con la pasta es tan improbable que muy juiciosamente sentenciaba el inolvidable Julio Camba: “Lo único difícil de este plato es el modo de comerlo”. Y para beber, una propuesta original: blancos secos de moscatel.

Casta Diva monte Diva 1998
Al principio, complejos aromas resaltan la variedad para hacerse notar después la barrica. Es fresco en boca, con buena acidez y estupendo equilibrio. Estará mejor después de un buen plazo en botella.

Gessamí 1998
Sorprendente. Por su delicadeza, muy pocos piensan que puede aguantar sus aromas primarios, su amable paso de boca y la viveza a estas alturas del año. Y él tan fresco.

Muscat Oliver 1998
De elegante expresión aromática, floral (jazmín y notas de fruta exótica). Sabroso, seco y con cuerpo, la acidez mantiene un buen equilibrio, con un final amargoso muy agradable.

Sumarroca Moscatel 1998
A pesar de su color amarillo pálido, aparecen aromas de hierbas (tomillo, hinojo) poco vistos en una moscatel. Seco en boca, es equilibrado y de un atractivo amargor final.

Viña Esmeralda 1998
Sigue haciendo furor entre los consumidores que buscan un vino agradable, con los aromas primarios bien marcados y limpios y un paso de boca amable, delicado y fácil de beber.

Viña Orosina 1998
De brillantes colores y aromas de azahar. Es el que más recuerda los moscateles del centro de Europa. En boca resulta armonioso, seco y muy elegante.

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