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La democracia universal del saber y sabor

  • Redacción
  • 2000-10-01 00:00:00

Con la globalización de la economía, los espárragos que comemos viajan en avión desde Perú; la leche, felizmente homogeneizada, proviene de cabañas sureñas que jamás han pastado hierba fresca; y el Cabernet Sauvignon y el Chardonnay hace tiempo que emigraron de sus latitudes tradicionales para formar una mancha planetaria. Los productos viajan por todo el mundo a la velocidad de la información, y el vino no podía ser ajeno a este trasiego. Los bodegueros son a un tiempo ciudadanos del mundo y de ninguna parte, inversores que buscan con el mismo ahínco la armonía de aromas y la armonía en los costes de producción. Y el concepto de terruño se ve acosado diariamente por la globalización de capitales, de técnicas de vinificación y de varietales. Una democracia universal del saber y del sabor, con sus virtudes y defectos, que afortunadamente está barriendo del mercado los vinos defectuosos y enfermos, pero que conlleva el peligro de un aburrimiento, también global, de gustos y aromas uniformes. En esta guerra de mercado total solo caben dos armas para subsistir: el capital o la calidad. O, dispuestos a elegir, ambos a un tiempo. Pocos son los «jugadores globales» españoles, aparte los gloriosos ejemplos de Miguel Torres y José Luis Bonet Ferrer, de Freixenet, que pueden codearse con los grandes bodegueros multinacionales, algunos de ellos con volúmenes de ventas de vértigo. Así que, antes de que sea tarde, pongámonos a la labor de consolidar mercados exteriores, salgamos al mundo a explicar los tesoros incontables que esconden nuestras bodegas, la variedad infinita de nuestros terruños, la singularidad envidiable de nuestros vinos. En España ya se ha alcanzado un altísimo nivel en la elaboración, la tecnología está a la altura de las mejores del mundo, y nuestros enólogos y técnicos poseen la máxima cualificación. El vino español subsistirá en la medida en que se libere de la imagen de rudeza que durante siglos se le ha endilgado con auténtica perversión septentrional, en aras de la competencia. Quizá cuando nos creamos de una vez que tenemos la mejor calidad potencial.



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