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Más de lo mismo, ¡qué peligro!

  • Redacción
  • 2005-02-01 00:00:00

«Conquistar mercados de calidad es absolutamente imprescindible, porque no se puede confiar eternamente en el granel» Finalmente, y tras un tobogán de expectativas que subía a la excelencia para caer en la mediocridad, la cosecha del 2004 ha terminado por situarse, en términos generales, en esa franja venturosa de los vinos muy buenos, con posibilidades de llegar a extraordinarios. Abundante y de calidad, la nueva añada tiene el atractivo del equilibrio, la potencia de la buena maduración, y permitirá a los vinos, como ya demuestren los primeros tintos de maceración carbónica, expresar las características de cada varietal con gran nitidez y frescura. Nos encontramos, pues, ante uno de esos años -como el 2001- que posibilitan la elaboración de grandes vinos, siempre y cuando se haya practicado una viticultura adecuada. Estas son las buenas noticias. Las malas: esos cuarenta y tantos millones de hectolitros, que hay que sumar a los excedentes de la anterior cosecha. Con el agravante que este año países como Francia e Italia también han tenido una cosecha abundante, lo que reduce las posibilidades exportadoras de graneles y la no menos importante «quema» de vino, los dos aliviaderos de nuestra superproducción. Así están las cosas. Y el terrible binomio cosecha abundante/consumo reducido pude causarnos verdaderos estragos. No quiero ser alarmista, pero ante una cosecha record en la Unión Europea de 25 estados miembros -casi 192 millones de hectolitros, más de 22 millones de hectolitros que el año pasado- nuestras exportaciones van a necesitar mucho ingenio y mayor empuje comercial. Con el agravante de una segura caída en los precios, que por muy leve que sea, puede tener un catastrófico efecto mariposa. Conquistar mercados de calidad es, por tanto, absolutamente imprescindible, porque no se puede confiar eternamente en el desahogo del granel. Para ello contamos con una realidad vitivinícola excelente, que se refleja en esta vendimia complicada, pero que nos ha regalado unas posibilidades enológicas excelente. Necesitamos, por tanto, llevar a buen término nuestra tercera revolución, la comercial, en demasiados aspectos todavía pendiente. Me sorprende, por ejemplo, que la mayoría de las bodegas, a la hora de hacer sus cálculos de costos, no incluya una partida esencial: la que se refiere al marketing. Entendido este como algo más que un anuncio de vez en cuando en revistas especializadas. Hoy sólo podemos afrontar los enormes desafíos de la globalización y el desequilibrio actual entre oferta y demanda, con una política empresarial que ponga el acento en lo que yo llamo las dos “C”: calidad y comunicación. Porque el vino, como tantos productos de elección, no sólo es una maravillosa bebida, sino una imagen cuyo valor simbólico está indisolublemente ligada al placer del consumo. Y quien no comunica no vende.

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