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Nacida para el vino

  • Redacción
  • 2005-06-01 00:00:00

Cuando se dice Castilla-La Mancha, parece que todos pensamos en un mismo estereotipo: llanura, secano, nubes blancas en un horizonte azul, y mucho calor. Eso en verano; en invierno, un frío tremendo que corta como el acero (toledano, naturalmente). Y vino, mucho vino. Por algo aquí el viñedo se cubrió de desmesura, batió records mundiales e impregnó el alma castellano-manchega hasta convertirse en la vena vital de su cultura. Pero Castilla-La Mancha muestra caras muy diversas. Por ejemplo, esa Castilla-La Mancha que se encrespa en las Serranías de Albacete, por la sierra de Alcaraz, donde se desliza juvenil el río Segura, y en las alturas triscan las cabras y los corzos. Siguiendo los caminos del este albaceteño, la llanura no lo es tanto, que ondula a veces. Vibra el color verde del alcacel, rojo de la amapola y repica una esquila. Hay terrenos sobrios de encinar, espartizales y matorrales aromáticos de romero. Pero también está la cara plana de Castilla-La Mancha, poblada de casas hidalgas, blasones y balconadas. La Roda, la Gineta, Tarazona de la Mancha, Villarrobledo... Veamos otra. Es la ribera del Júcar. Este río tan verde se ocupa desde hace unos cuantos millones de años en hacerse un lecho precioso. Paisajes que se graban en la memoria junto al viñedo de suelos pedregosos. Una cara de agua: un espejo... Y esto nos lleva al Guadiana, un río caprichoso, que a veces se esconde como los niños en sus juegos, y del que se sabe donde termina, pero no muy bien donde comienza. Es un lío contar las lagunas de Ruidera. Nadie lo tiene seguro: trece, dieciséis... Unas de Albacete y otras de Ciudad Real... Unas verdes, otras azules... El agua pasa de unas a otras por misteriosos conductos subterráneos o salta en cascadas. Ruidera de ruido, es posible. Castilla-La Mancha juega al escondite con el Guadiana pero taja la piedra con el señor Tajo. Agua, viento, cepa y piedra. Y del agua, de nuevo al vino, que es el destino final. Tan diverso como las tierras que lo sustentan. Porque aquí el viñedo se ampara en siete Denominaciones de Origen, o va por libre en esa clasificación tan amplia como es la de Vinos de la Tierra de Castilla. Una categoría que resume el esplendor de una meseta que también es valle, que es sierra, que es cauce, y donde la cepa se expresa con la nitidez de sus gentes. Directa al grano, para dar algunos de nuestros mejores vinos -particularmente tintos- que ejemplarizan, mejor que nada y que nadie, la grandeza de estas tierras nacidas para el vino.

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