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El vino primero

  • Redacción
  • 1999-01-01 00:00:00

Hay vinos que se forjan a sí mismos en su aventura social, bebida que trasciende sus virtudes o cualidades enológicas para devenir símbolo de una forma de ser, una forma de beber, tal vez una alegre manera de no ser. Vinos envidiables, procaces, provocadores, rebelión plebeya del granel que se hace un hueco entre los vinos de etiqueta; un rojo y temible burlón con vocación de mito. Así, beaujolais, el tinto con mayor capacidad de convocatoria, borgoñón por adscripción legal, lionés de cuna, universal por elección. Hubo quien pretendió que la gastronómica e industriosa ciudad de Lyon estaba regada por tres ríos: el Rhône, el Saône y el beaujolais. Así fue: sólo los lioneses bebían este vino joven de pasto con sabor a melocotón, elaborado con la mediocre uva Gamay por el método espontáneo y artesanal de la maceración carbónica y que, servido en “potes” de 45 cl., dio popularidad y prestigio a las tabernas de Fourvières. Hasta que, tras la Segunda Guerra Mundial, llegó a París donde fue acogido con similar entusiasmo al dispensado a las tropas libertadoras, encabezadas por tanquistas españoles. Una locura comenzó a recorrer el mundo.
El beaujolais se ha convertido, con lo años, en el modelo de una particular concepción del marketing exitoso. Desde luego, el fenómeno se las trae: lo que desde siempre fuera un vino local, tan fácil de beber como poco valorado, ha terminado por convertirse en uno de los productos más rentables de la enología mundial. Un tinto del año que apenas tendría mayor repercusión en el mercado por sí mismo, al que se espera cada Noviembre como una bendición. Y desde luego lo es para los viticultores de Beaujolais, que en sus 15.000 ha. sólo pueden producir un vinillo de apenas 10 grados de alcohol, salvo que lo chaptalicen. Pero, eso sí, embellecido por el rito y alimentado por la sed de gregarismo que parece acompañar siempre a toda fiesta báquica.
Mientras tanto, en nuestro país, con una tradición multisecular, los tintos de maceración carbónica han estado restringidos al copeteo en los bares y tabernas de Vitoria y Bilbao, como si de vinillos cualesquiera se tratara. Ha hecho falta que algunos bodegueros alaveses y riojanos se decidieran por la calidad y el prestigio, para que nuestros “cosecheros” comprendieran que tenían en sus manos un tesoro enológico, el único valor añadido que puede tener un tinto del año. Y así también lo han entendido bodegueros de otras D.O., como Cariñena, Jumilla, Toro, Ribera del Duero, La Mancha, Yecla, Madrid, Tacoronte, Bierzo o Bullas, y un etcétera que crece imparable.
Y ahora, cuando, los precios de la uva se disparan en casi todas las zonas vitivinícolas, pero especialmente en Rioja y Ribera, sólo es posible soportar la presión alcista con estos vinos, cuando a su indudable calidad se una la adecuada promoción. Para eso ha nacido “Primer ’98”. Por eso, como todos los años, les dedicamos nuestro número de Enero.

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