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Rueda, savia joven

  • Redacción
  • 2002-03-01 00:00:00

Cumplirá veinte años en el 2000. Acaba de celebrar su puesta de largo y, aunque desde la cuna ha demostrado una vocación y voluntad inquebrantables, la juventud le impulsa a la rebeldía, a la búsqueda, al coraje y hasta al desacato temerario. Los nombres que han llevado a la cumbre la DO Rueda y los vinos de la zona son visionarios y luchadores. No admiten más limitación que la experiencia propia ni más norma que el propio juicio -objetivo y despiadado- sobre los resultados del trabajo o, lo que es lo mismo, sobre la calidad de sus vinos.
Son savia joven. Unos son los ejemplares más brillantes o las ovejas negras incomprendidas de familias bodegueras tradicionales de la región, otros llegaron con la necesidad de ampliar el horizonte que se les había quedado estrecho en otras zonas vinícolas mas clásicas, más asentadas. En pocos años han transformado el viñedo, sustituyendo variedades de uva de alta producción, como la Palomino, por la autóctona y original Verdejo. Pero, sin fanatismo chauvinista, incorporaran cepas foráneas mejorantes, como la Sauvignon blanc, que se ha adaptado perfectamente a este medio.
Amueblan las bodegas con esas cubas bajas y chatas de acero inoxidable para atrapar el evanescente aroma de la uva, pese a que los extraños se burlen del aspecto de fábrica de cerveza.
Imponen el sabor Verdejo como paradigma de calidad, pero no dudan en defender las excelencias del coupage para reforzar aromas.
Transgreden la moda generalizada de blancos jovencísimos, y los hacen adultos con una comedida crianza en madera.
Adoptan sin complejos presentaciones eficaces como los envases retráctiles que evitan la más mínima oxidación.
Un camino de aciertos aplaudido por la crítica y por el público. Incluso con algún tropiezo inevitable, como la fallida experiencia de sacar al mercado un vino “ecológico” que se desmoronaba en pocos meses, que se asumió como el valor del riesgo y de la imaginación.
El público, el paladar y la mente sensibles, advierten y aprecian la labor. Saben que degustar un Rueda, cualquiera que sea su tipo y aún su marca, nunca es una experiencia rutinaria. Y, del mismo modo que la mente y las cualidades propias se avivan frente a un interlocutor inteligente o un buen contrincante en el juego, así el bebedor reacciona con ingenio para estar a la altura de la botella. Se plantea, por ejemplo, cuál es el recipiente más adecuado para disfrutar todas sus características y descubre que alguno de estos caldos se mueve cómodamente en un catavinos grande. La dosis justa para que conserve la temperatura entre trago y trago y el espacio suficiente para que el aliente y preserve el aroma.
Adivina y ensaya combinaciones arriesgadas de vino y plato: ¡Hay que ver cómo éste limpia la permanencia de un all i oli, cómo aquel alegra la homogeneidad de un bacalao, cómo se enreda amorosamente con la tinta de unos calamares! Y, aún más, ¡qué dignidad frente a un plato de fiambres, qué juego dorado junto a unos fritos crujientes, qué profundidad con algunas setas, qué revelación con ciertos quesos!
Algo más. Hay que poner en cuarentena la obligación de consumir los blancos frescos en el año. Muchas botellas se conservan y aún mejoran guardadas en buenas condiciones.

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