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Por las márgenes, orillas y riberas del Duero

  • Redacción
  • 1999-11-01 00:00:00

El Duero es un río de mucha enjundia. Ocurre con el Duero lo que con todos los grandes ríos: que casi todas las civilizaciones se han desarrollado en sus riberas, y está de más apuntar los nilos, los mississippis, y los Éufrates y Ganges... Donde no hay río no hay desarrollo, ni vida apacible, ni nada. Por no haber, no hay ni vino. Del problema del desierto es de donde le viene al pueblo musulmán la ley seca del Islam. Que no todo musulmán cumple, por cierto.
El Duero es un río con las riberas orilladas de magníficas ciudades y villas, y, lo mejor de todo, de pastos para un ganado lanar que aprovisiona de riquísimas carnes a los asadores de leña de Aranda de Duero, de Peñafiel, de Valladolid, de Toro... Dicho sea sin desmerecer los jugosos viñedos de cuyas uvas bien combinadas salen los vinos famosos de la Ribera del Duero
Vamos, en esta ocasión, de Peñafiel a Zamora, bordeando el gran río. Peñafiel está en la confluencia del Duero con el Duratón, y lo que más destaca de ella es su magnífico castillo de piedra blanca, lleno de historias y de fantasmas. Peñafiel está carcomida de bodegas, de tal modo que la superficie socavada y subterránea no será mucho menor que la que campea a cielo abierto, con sus evocadoras arquitecturas medievales y las chimeneas que airean las bodegas. La mayor sorpresa de Peñafiel, para quien no la conozca, es la plaza del Coso. Plaza de justas, toros y cañas de tiempos remotos, y de toros hoy mismo, una vez al año. Por Semana Santa dejan allí descender a un niño vestido de ángel, mediante un artilugio de cuerdas, para que le quite el velo a una Virgen enlutada por la muerte de su Hijo.
Por Tordesillas, el Duero va lento y caudaloso. Vieja pero hermosa esta Tordesillas, con tanta historia a las espaldas que es buena medida acogerse al Parador y darle un repaso a leyendas y acaeceres. Lo más sonado de lo que cuentan crónicas es el arresto domiciliario de la reina Juana, madre del emperador Carlos, durante cuarenta y seis años.
La celtíbera Toro tiene un toro (como su mismo nombre indica) que es pariente de los de Guisando. Ésta es una ciudad-fortaleza de graneros y bodegas; un enclave estratégico antaño y un lugar para recrearse en el laberinto de su callejero, en sus detalles moriscos, en su colegiata y, como curiosidad de paseante, en el cuadro precioso de la Virgen de la Mosca, que es una Maternidad con un insecto posado en la túnica. El vino de Toro ha sido de siempre famoso por espesura y consistencia. Hoy está muy civilizado y puesto al día, pero algo le queda de su bravo carácter. Zamora le echa al Duero puente de piedra y puente de hierro, y es lugar propicio para dejar esta excursión y aposentarse, para verla en detalle tras un sueño reparador.

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