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Roman Bratasiuk, la causa de un rebelde

  • Redacción
  • 2002-04-01 00:00:00

Desde sus inicios como elaborador, el australiano Roman Bratasiuk se opuso a los usos enológicos de su extenso país, donde la mezcolanza de distintas procedencias era la norma habitual. El creador del extraordinario «Astralis», un shiraz comparable al mítico «Grange», trabaja al estilo de los cru franceses, sin mezclar vinos de viñedos diferentes.

Vinum: Durante treinta años trabajó como químico para las bodegas. Parecen muchos años para llegar a la conclusión evidente de que su espíritu era el de un bodeguero.
Roman Bratasiuk: Tras todos esos años de trabajo como químico para grandes bodegas, decidí montar un pequeño lagar en Clarendon Hills, un lugar encantador al lado de Adelaida. Y elegí ese lugar porque creo que es la mejor zona de Australia para hacer vinos de calidad.

Un idilio de treinta años no puede considerarse un amor a primera vista.
Bueno, lo mío es, a partes iguales, amor y ganas de hacer las cosas de manera distinta. Me parecía un disparate la costumbre de los vinateros australianos de mezclar los mostos o las uvas de todas las regiones hasta dejar el producto resultante sin personalidad. Siempre me cautivó la manera de elaborar de Europa, esa mezcla sabia de seriedad y maestría mostrada por los elaboradores de los “cru” franceses, que extraen hasta su última expresión la singularidad de cada terroir.

Los bodegueros no reciben bien las revoluciones en ninguna parte del mundo.
Mi «cruzada» emprendida en el 90, es hasta ahora, una larga batalla en la que el otro bando cuenta con una mayoría abrumadora, aunque poco a poco van surgiendo desertores en sus filas. En Barossa hay algunas bodegas pequeñas que ya siguen esta filosofía, convencidas, al fin, de que la calidad es nuestra única salida. La apuesta exclusivamente por conseguir el mejor precio es nuestra sentencia de muerte, pues los grandes nos barrerían como el viento del desierto.
Parece usted el australiano de moda entre los grandes gurús de la crítica enológica norteamericana.
Hay que darle la importancia exacta. Quizá lo que esa prensa valora de mi trabajo es mi pasión por conocer plenamente el viñedo, como paso previo a comprender el resultado final que es el vino. Dedico mucho tiempo al estudio y la observación para lograr extraer lo mejor y más singular de cada variedad, la expresión insólita de las viejas garnachas de Mc Laren Vale, la profundidad aromática de la Shiraz, la rareza de la Sèmillon o el perfecto equilibrio de los chardonnays.

Hablemos de sus primeros pasos.
Todo comenzó con la compra de un pequeño viñedo, del que extraje mi ópera prima, el «Romas», una original Garnacha, que ahora es mi segundo vino más prestigiado. Después me di cuenta de que era mejor comprar la uva a los pequeños agricultores. Lo que hice fue establecer contratos de muchos años sobre los viñedos que me interesaban. Ahora controlo unas 40 has., todas de pie franco y viñas muy viejas, desde cuarenta a ochenta años de edad, situadas en lo más alto de Mc Laren Vale. En la bodega trabajamos solamente cuatro personas y yo, y para hacer estas elaboraciones tan pequeñas –todos los vinos los hacemos por separado- debemos estar constantemente en el lagar; concretamente en época de vendimia pasamos en ella las 24 horas del día.

Si el vino es europeo, ¿lo es también la técnica de bodega?
Ambos métodos son indisolubles. Mantenemos el concepto de cepa baja, muy poca producción, fermentaciones largas y crianza exclusivamente en roble francés, el mismo que utilizan en Borgoña: si es bueno para el Romané Conti, también lo será para los Clarendon Hills. Es cierto que esta forma de elaborar eleva considerablemente los costos, lo que conlleva que mis vinos se encuentren entre los más caros de Australia. Esto y mi corta historia como bodeguero son la causa de que todavía mis vinos no sean muy bien comprendidos en mi país.

Nadie es profeta en su tierra...
Curiosamente estoy más considerado fuera que dentro, en Estados Unidos por ejemplo, a donde va el 40% de la producción, pero yo confío que estos vinos por lógica deben gustar a mis paisanos tanto como a los forasteros. Mis vinos son apreciados entre los conocedores, en las buenas vinotecas o entre los grandes sumilleres, pero el precio siempre será un freno, por lo que tengo muy asumido que nunca entrarán en las grandes cadenas de distribución. Para ellas ya hay productos de gente que los hace adecuadamente, a la medida; son guerras distintas.

¿Cual es su conocimiento de los vinos europeos?
Debo reconocer mi debilidad por los vinos franceses, aunque también guardo buenos recuerdos de vinos españoles. España tiene una viticultura fascinante, y de sus vinos, los que más me interesan son los del Priorat: sus grandes vinos parecen pensados desde mi misma filosofía, y además la Garnacha en aquellas pizarras se expresa como en pocos lugares del mundo. Por cierto, en España tenemos el privilegio de poseer la tarifa de precios de los Clarendon más baja del mundo.


Astralis: estrellas de Australia
Es el vino de nivel más alto que elabora Roman Bratasiuk. Unas 8.000 botellas cada cosecha, de un viejo viñedo prefiloxérico de Syrah, o Shyraz, como les gusta decir a los australianos. Un producto que ha alcanzado a los grandes, en precio, en calidad y en valoración de la crítica internacional. Pero al contrario de los vinos australianos de su mismo nivel económico, el Astralis surge de un solo viñedo. También, como sus hermanos, se desmarca del clásico sabor australiano, fuertemente influido por maderas expresivas y muy tostadas. Aquí el viñedo manda, la variedad recoge la característica natural del terreno y del microclima. Su elaborador pone sumo cuidado para que el vino se exprese por sí mismo, que los elementos añadidos (tostados de barricas, maceraciones y demás) no apabullen.

Astralis 1999
Al principio resalta una reducción notable por lo que curiosamente parece más evolucionado que el 98. Es solo un espejismo. Al cabo del tiempo se aprecian unos magníficos aromas de frutillos rojos, de un cuero bien curado, de aceitunas y cacao, un alcohol integradísimo, mentol y hierbas frescas. Muy elegante y cremoso en boca, con su tanino maduro y fino que alarga la sensación de sedosidad.

Astralis 1998
Un bello color picota con lágrima teñida, cubierto. Al principio recuerda a los aromas de cedro y caja de puros, sensación que dura poco tiempo, pues pronto se adueñan los tonos típicos de cuero bien perfumado, de pólvora y aceitunas. La entrada en boca más bien parece una explosión de sabores, donde resalta un tanino firme, una potente estructura y corpulencia. ¿La madera? Apenas un grato recuerdo especiado del final de boca.

Ha sido una cata de lo más provechosa, porque la evolución de los dos vinos en la copa ha llegado a despistar a más de un catador. Al principio parecían hoscos, salvajes, incluso con algún defecto. Después de su decantación y reposo durante su buena media hora han sacado los magníficos brillos que llevan dentro. Por lo tanto es imprescindible decantar estos vinos antes de su degustación.

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