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Rosa Kruger, a la caza de cepas viejas

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  • Redacción
  • 2014-01-23 09:33:11

Al transmitir a los jóvenes vinicultores preocupados por la calidad el valor de las viejas viñas, Rosa Kruger no solo está salvando 3.500 hectáreas de antiguas tierras de viñedo, sino que además garantiza la existencia de numerosas fincas.

Rosa Kruger es una mujer con clase, esbelta y elegante, de rasgos finos y ojos muy vivos. Fue su antepasado Paul Kruger, presidente de la República Sudafricana entre 1882 y 1902 y visionario amante de la naturaleza, quien dio nombre al famoso parque natural y al Krugerrand. A Rosa, que estudió Derecho siguiendo la tradición familiar, fácilmente se la puede imaginar con toga... pero no en el juzgado, sino en el viñedo.

El majuelo pertenece a Dirk Lesch. “Dirk cultiva cereales”, explica Rosa, “pero tiene dos viñedos muy antiguos, uno de ellos plantado de Tinta Barocca de 60 años de edad, cuya cosecha entrega a Eben Sadie”. Dirk reúne a sus tres trabajadores. Rosa saca las tijeras de podar y se inclina sobre las cepas en vaso, de muy poca altura y aún sin podar. Les muestra por dos veces cómo deben podarse. Después indica al primer trabajador que la imite. “¿Pero qué tijeras son ésas?”, censura, y seguidamente inspecciona las de sus compañeros. “¡Oye, Dirk, con esto es imposible podar como es debido!” Cuando le pregunto cómo trabaja la tierra, el granjero me contesta: “Son los gusanos los que trabajan para mí, y llegan hasta 1,20 metros de profundidad”.

Nos encontramos en el lado oeste de Kasteelberg, donde no hay muchas viñas. Allí, Rosa ha hecho plantar para Anthonij Rupert un majuelo nuevo. “La mayoría de mis clientes están aquí, en Swartland. Yo sigo trabajando con Rupert Rothschild y Boetenhoutskloof, pero solo trabajo para cinco, no más, entre ellos Mullineux. No me gusta el término asesora. Yo trabajo siempre en el viñedo. No hay nada que me guste más que pasarme todo el día en el majuelo podando cepas.”

 

De la abogacía a la naturaleza

“En mi familia todos son abogados o granjeros. Yo estudié derecho, pero nunca ejercí como abogada, solo escribí artículos sobre el tema. Pero me encantaba la agricultura, la amplitud”, comenta Rosa. Cuando hace ya más de 15 años le ofrecieron dirigir una plantación de manzanas, aprovechó la ocasión: “Empezamos a plantar uvas y tuvimos un éxito enorme”. Aunque no había estudiado Enología, “mi trasfondo es académico. Así que fui a la Universidad y hablé con el profesor Eben Archer y con David Saayman, ambos científicos, uno enólogo y el otro especialista en suelos”. Les pidió ayuda con un intercambio que consistió en que disfrutaran una vez al mes de las artes culinarias de Rosa mientras la instruían. “He hecho todos los cursos universitarios hasta tercero, pero sin un solo examen. De los científicos y los viejos granjeros se puede aprender mucho. He tenido mucha suerte. ¡Y he viajado mucho!” Veintitrés veces en doce años, hasta la fecha.

El destino de su primer viaje fue Didier Dagueneau, que, al principio, quiso quitársela de encima y le dio cita un domingo a las 7 de la mañana. Llovía a mares. “Estaba empapada de pies a cabeza. Y él se sintió tan culpable que dijo: ‘No sabes nada, déjame ayudarte’. Aprendí muchísimas cosas de él y nos hicimos amigos.” Le siguieron muchos otros grandes vinicultores en otros países. Hace poco, el Burgenland austriaco: Blaufränkisch y vinos dulces. “Si quieres aprender, tienes que ir a los lugares de origen. Yo he aprendido mucho y he traído muchos conocimientos nuevos a este país.”

 

La magia de las cepas viejas

“En vinicultura, lo esencial es conocer la tierra y comprender los suelos”, asegura Rosa. “Cada vez que encuentro una viña vieja, empiezo por cerrar los ojos. Ese es mi mayor reto: prever cómo resultará el vino de un determinado pedazo de tierra. La calidad inherente al vino ya está presente en el viñedo.” Eben Sadie fue el primero al que Rosa ofreció uvas de una vieja viña. “En aquella ocasión había descubierto un viñedo y vi el potencial que tenía. Al contemplar el viñedo, casi podía saborear el vino. Eben no es un cliente, es un amigo. Cuando encontraba algo que quería ofrecerle, lo hablábamos, y él siempre lo convertía en algo fantástico. Para mí, eso es maravilloso.”

Rosa ha ayudado a muchos jóvenes vinificadores suministrándoles uva de viñas viejas. Pero solo a los que hacen vinos realmente buenos. “A los granjeros les encanta probar estos vinos. Muchos de ellos están en zonas muy aisladas. Conseguirles un precio mejor por sus uvas puede ser la circunstancia decisiva para conservar sus tierras o venderlas. De lo que se trata es de la vida de las personas. Y me lo tomo muy en serio, no solo porque crea en la calidad del vino, ¡es que además no debemos perder a nuestros granjeros!”

Rosa ha elaborado una lista que ya incluye 3.500 hectáreas de viñas viejas, mucho más de lo que nunca se atrevió a soñar. Detrás hay más de 600 granjeros abrigando la esperanza de conseguir más dinero por sus uvas. “Y además, es mucho más bonito suministrar estas uvas a quienes hacen con ellas vinos estupendos.”

Estamos expectantes por ver con qué vinos nos sorprende Sudáfrica en los próximos años. Gracias a ti, Rosa.

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