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Madame Bovary. Una risa sonora y libertina

  • Redacción
  • 2006-01-01 00:00:00

Difícil resulta sustraerse a alguien como G. Flaubert (1821-1880), para quien el ejercicio de la literatura era toda su vida. Por eso Madame Bovary es él mismo, la vida hecha pura escritura. Cada una de sus líneas está laminada, construida paso a paso hasta que en el ensamblado total ajuste cada mínima pieza, buscando siempre esa “palabra justa”. Emma es Flaubert y un poco todos nosotros cuando nos adentramos, paso a paso, en la trama de la narración. ¿Quién no ha pensado, al menos una vez en su vida, que, por ejemplo, estaba bailando con la sensualidad hecha carne? Emma cae fulminada por el deseo por encima de los deseos, del amor por encima de todos los amores. Ella no toma el vino de manera normal, porque cuando inunda su cuerpo, éste se estremece cual volcán vuelto a surgir: «Le sirvieron vino de Champage con hielo. Toda su piel se convulsionó al sentir el frío en su boca». Este vino de Champagne le produce una “risa sonora y libertina” que a ella, y a su acompañante, los transporta a una mutua posesión indescriptible. Los licores liberan de las ataduras cotidianas que encorsetan y reprimen: «El vino de Pomard le excitaba un poco las facultades, y, cuando apareció la tortilla con ron, expuso teorías inmorales sobre las mujeres». Pero también el beber marca el acontecer pautado de la vida sin sobresaltos: «A las ocho de la mañana, bajaba desde lo alto de Montmartre, para tomar el vino blanco… Su desayuno, al cual seguían varias partidas de billar, le conducía hasta las tres. Se dirigía entonces hacia panoramas, para tomar la absenta. Después de la sesión en casa de Arnoux, entraba en el establecimiento de Bordelais para tomar el vermú…» El vino también es ese bálsamo aveces tan necesario: «Frédéric se había perturbado con la amargura de Deslauriers; pero, bajo la influencia del vino que circulaba en sus venas… no experimentaba más que un bienestar, voluptuosamente estúpido, como una planta saturada de calor y humedad». El vino es elevado a categoría suprema: «Viva el vino! Es él realmente Cristo. Él deshiela los corazones. Él desborda el cáliz! Inunda el mundo!... Rojo es el sol, rojo es el jugo del otoño… Bebamos el vino para poseer la llama». Y la vida misma se logra definir a través de una metáfora vinícola: «La vida es un sudario manchado de vino, una orgía en la cual cada cual se emborracha, canta y tiene náuseas; es vaso roto, un tonel de vino agrio, y el que mucho lo remueve se topa con bastante fango». Y el vino aquilata situaciones vitales con una medida casi perfecta: «En una copa cincelada con un diamante, se le ofreció un vino cuyas uvas eran de Asia, impregnado de los perfumes más dulces, un vino tan delicioso que en la vida bebería nada semejante: Apenas mojó sus labios con él, la náusea le avino de nuevo, y lo arrojó al suelo».

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